Ahora que comienza la época de vacaciones…

Ahora que comienza la época de vacaciones te voy a contar un secreto: hay quien colecciona sellos o ríos, yo colecciono playas.

Playa de tarifa _ España

Playa de tarifa _ España

Siendo bastante joven mi profesor de lengua me habló de un libro que se llamaba “Marinero en tierra”, de Rafael Alberti. Por aquella época yo ya adoraba el mar, solía decir que en una vida anterior había sido marinero, pero no estaba yo aún preparado para comprender la lírica del asunto y su trasfondo, ni la honda sorpresa del poeta que encontró el mar por primera vez a los treinta años. No podía concebir, a tan tierna edad, que hubiese alguien que no conociera el mar hasta tan tarde en la vida, nadie que siendo pequeño no hubiese jugado con castillos de arena o con las olas, saltando entre ellas como si fuese la arremetida de un ser superior que nos desafiaba a muerte.

Desde muy pequeño veraneaba en la costa, escapando de los rigores del verano jienense, y eso era tan normal que pensar en que alguien no conocía el mar era tan sorprendente como pensar que hubiese alguien que no había descubierto que la nieve está hecha de un frío que quema. En aquel momento sentí una honda pena por él. Yo era un privilegiado y no lo sabía.

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Playa Amalaia _ Portugal

El mar tiene algo que subyuga, un poder sordo, una alegría despeinada y un terror escondido en las confiadas tardes de calma chicha, y aunque me gusta más estar sobre, dentro de, en él, contemplarlo simplemente desde la orilla es un placer al que no renuncio, aunque me quede mojándome los tobillos, inventando futuros y creyéndomelos. Por eso me gustan las playas en cualquiera de sus formas. Siempre tienen algo de reencuentro con uno mismo, de preguntas sin responder, de refugio, aunque lluevan chuzos de punta. O precisamente por que llueve y la tormenta le confiere a la playa esa soledad épica que a veces busco y una sensación de estar en algún lugar indefinido entre el fin del mundo y yo, entre la devastación y la plenitud.

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Playa de Odeceixe _ Portugal

Cada vez que tomo la mochila y me marcho de viaje, a donde sea, si tiene costa, suelo buscarme las vueltas con el calendario y los mapas para hacer escala en alguna playa por tanto tiempo como sea posible y poder añadir una más a mi colección. Como un marinero en tierra siento añoranza del mar cuando no lo tengo cerca y cuando me siento náufrago sólo el mar puede salvarme.

Guardo muchos recuerdos de playas y arena. Aún rueda por algún lugar del trastero una cinta de super 8 con un video en el que me dedicaba a dar volteretas por la arena, sin bañador ni vergüenza y con pocos años. Sin embargo, la primera playa que realmente me impresionó fue una pequeñita al Norte de Zanzíbar, en Tanzania, rodeada de cocoteros donde toda la comida sabía a papaya. Era lo que, en resumen, se conoce como una playa de postal. Mi primera noche allí, aún conmovido por el espectáculo de una puesta de sol eterna y de colores que aún hoy me cuesta creer, observé cómo los pescadores conforman un extraño paisaje de sombras que van danzando alrededor de sus barcas, negras siluetas que yacen sobre rescoldos, a los que, de  vez en cuando, se acercan a avivar. Calafatean así naves para impermeabilizarlas. De allí conservo una cajita con arena fina y blanca, como marfil rayado, y el recuerdo de una conversación resumen de vida con un joven antropólogo alemán que sintetizó, en una teoría simple como un golpe, todo lo que había aprendido en sus años de universidad.

Zanzibar _ Tanzania

Zanzibar _ Tanzania

Sin embargo, esa playa al norte de Zanzíbar, no fue la única a la que llegué sin buscar. Hubo otra en Malasia cuyo recuerdo aún me hace sonreír. En un viaje por el sudeste asiático me dirigía hacia el Noroeste desde Singapur, cruzando todo el país en un tren nocturno en el que no conseguí litera, hasta casi la frontera con Tailandia. En aquel momento yo viaja sólo y llevaba dos noches seguidas durmiendo sentado en una banqueta. Mi estómago occidental se estaba repercutiendo ya de la comida asiática tras dos semanas deambulando errante y la estación de autobuses donde estaba se me aparecía como un sucio universo de ojos que observaban mientras bebían sopa caliente y hablaban entre ellos un idioma extraño. Había escuchado comentarios a otros viajeros acerca de unas islas, las islas Perenthian, tranquilas y poco conocidas, y yo estaba tan derrotado que no podía ni sacar la sonrisa, y menos aún recurrir a mecanismos para averiguar cómo se podía llegar a esa isla, hasta que apareció una cabeza rubia con una sonrisa plantada en mitad de la cara y que parecía conocer el terreno, así que me arrimé y me dejé llevar. Esa noche dormí en una de las casetas de pescadores, elevada del suelo por pilones, de las que conforman un pequeño albergue para turistas con pocos recursos, con un lento ventilador en el techo y una agujereada mosquitera vieja en la cama. Mientras retozaba en mi saco de dormir como en los brazos de una amante, recordaba agradecido a esa chica canadiense que me agarró de la mano y me condujo al paraíso. Entonces sí que era consciente de ser un privilegiado y no me sentía náufrago.

1 Perenthian, Malasia - Mujeres tumbadas en la orilla y mar de fondo

Palau Prenthian _ Malasia

Hay otras, locales y extranjeras, que encuentran un lugar especial en mi corazoncito, seguro que sabes de qué hablo. Esas que, como en el ‘Lobo Estepario’, no son para cualquiera, sólo para locos, sólo para compartir con esos amigos cercanos con quienes merece la pena, que sabrán apreciarlas, como si de un club secreto se tratase. Son nuestras playas secretas y en ellas nos sentimos especiales y remotos.

8 Stradbroke, Australia - Surfista en la arena recortado contra la tormenta

Stradbroke Island _ Australia

Este verano espero seguir ampliando la colección por que cada día de playa me hace algo más feliz, aunque en la tarde, cuando el sol cae iluminando el paisaje como si ardiera, rojos, naranjas, me siento un poco triste, a pesar de que sé que habrá más, nuevas playas, nuevos encuentros con las olas como el que sale de un laberinto, nuevos días de lluvia o de sol. Y al marcharme, con la mochila al hombro y la toalla en la mano, suelo dedicarle una mirada silenciosa de despedida, sólo un segundo, un saludo de reconocimiento, una fotografía que se graba en la frágil gelatina de mi recuerdo.

Feliz verano.

“Forever in my dreams my heart will be
Hanging on to this sweet memory
A day of strange desire
And a night that burned like fire
Take me back to the place that I know
On the beach”

Chris Rea _ On The Beach

Panorama Ko Tao 2 - CAPAS

Ko Tao _ Tailandia

 

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Un Comentario

  1. José Gutiérrez Caro

    Precioso… texto y fotos

    Besos

    Enviado con MailTrack

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